martes, 26 de abril de 2011

VESTIDO ROJO EN SIN CITY

En un marco extraño, como sacado de un viejo cómic
de figuras detalladas y colores cambiados. 
Así es como empieza un sueño confuso 
del que tengo miedo de querer conocer su significado.

Entre sombras negras y azules, bajo luces violetas.
Lo único que conserva su realidad es un pedazo blanco de luna
tapado a medias por una cortina de nubes.
Son altas horas de la noche. Una noche fría, caliente y tibia...
una noche tan larga que parece ser eterna.

Al amparo de un antiguo santuario que no fue construido para nosotros
en medio de una ciudad bañada por una fina lluvia
e inundada por el olvido y su consiguiente silencio,
rodeados por un aura fantasmagórica y espectral.
En el centro de todo ello, alli nos encontramos.

Yo. Me veo desde fuera. Es/soy extraño.
Inmóvil, pálido, muy pálido.
Me veo con los ojos bien abiertos y una mirada enrarecida
mezcla de sorpresa, miedo y angustia.
Estoy asustado.

Tú. Maléficamente hermosa. 
Casi tan bella como en realidad eres.
Tu presencia me sobrecoge.
Recuerdo tu piel en tonos grises, muy muy claros,
contrastando con un vestido rojo, un rojo muy intenso y brillante.

Recuerdo tus ojos llorosos queriendo transmitir un mensaje
que contradice tus palabras y que no logro entender, interpretar.
Tus manos templadas acarician mi pelo y mis fríos brazos
y entonces me besas como hiciste una vez tiempo atrás
cuando aún estabamos vivos.

Y al igual que entonces
 el miedo y la inseguridad me invaden.
Te temo, te tengo muchísimo miedo 
y pese a todo te quiero.
Ha sido así desde que te recuerdo... desde hace más de cien años.

Poco a poco despierto.
Sin dejar de soñar vuelvo a la realidad
hasta que todo ese mundo frío queda en el olvido
y permanece sólo el recuerdo de tu vestido...

martes, 12 de abril de 2011

CABEZADA (Contra la pared)

Sonidos distorsionados, imágenes borrosas... 
Nada parecía real, porque nada debía ser real.
Abrí los ojos y con torpeza pude distinguir mi cara reflejada en un charco de sangre.
Poco a poco todo retorno a la normalidad, y del dolor de mi cuerpo deduzco que he vuelto a fallar.

Visualizo fugazmente la jugada, recuerdo el olor de la rueda quemada antes de salir disparado contra aquella pared, el miedo y el vertigo de la velocidad al acercarme hacia ese muro gigante y también alcanzo a escuchar el veredicto del hombre de la guadaña al estrellar mi cara en el hormigón.

Recobro la conciencia. Noto entumecidos todos los músculos de mi rostro, fracturados todos los huesos de mi cuerpo, confusa, muy confusa mi mente... y aún así me levanto.
 Tras unos momentos de frustración, de histeria provocada por la derrota, y de confusión al no entender el constante fracaso recordé que alguien dijo una vez que el dolor era la compensación cuando te dabas de frente.

Y sí, algo ocurrió. Hubo un momento, un punto crítico en la linea del tiempo.
Un extraño fragmento en el curso de la existencia
donde se rompieron todas las normas y efímeramente el mundo cambió.

En ese momento el mar silenció sus rugidos, como si algo maligno lo hubiera asustado.
Las llamas del fuego templaron, y tampoco quisieron seguir con su baile.
Fue extraño ver cómo la lluvia frenaba en seco su caida
antes de que las gotas estallaran en mil pedazos contra el suelo.

Los sonidos se volvieron sordos, toscos, casi mudos
y los movimientos del mundo, aún los mas desacompasados,
buscaban un equilibrio ante la rareza de la situación, como intentando mantenerse sobre sus pies.

Y fue entonces cuando algo cambió. 
Nunca olvidaré ese mágico instante, en el que levanté la mirada
y miré soprendido aquel enorme muro que debió quitarme la vida... 
busqué sus rendijas y decidí subir hasta lo más alto. 
Sin miedo a caer, ya había entendido que siendo un perdedor 
no tenía nada más que perder.
Así que sí, subí. Subí para poder comprobar qué se sentía al tener el mundo bajo mis pies, 
comprobar qué se sentía al ser el más grande y lo que entendí fue 
que ojalá tú hubieras subido conmigo.